Retrato de una fiscal valiente

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Fotografía: David Huamaní

Su nombre figura en la lista negra de amenazados de muerte por investigar la corrupción en el gobierno regional de Áncash. Recibió una bala en un sobre y una corona fúnebre con sus iniciales. Pese a ello, la Fiscal Superior Anticorrupción, Nancy Moreno, prosigue con sus investigaciones. “No me van a matar”, responde.

Texto: Juana Gallegos

Nancy Moreno es una rehén de su trabajo. Permanece las ocho horas de jornada –que pueden prolongarse hasta ser doce– en una reducida oficina del Jirón Balta, en Chimbote. Es su despacho en la Fiscalía Especializada en Delitos de Corrupción de Funcionarios de la Región Santa, su lugar desde que asumió el cargo de Fiscal Superior Anticorrupción en abril del 2013.

Fuera de su oficina, en las escaleras, los dos policías que viven al tanto de cada uno de sus pasos aguardan a que termine. La custodian de sol a sol, la transportan en una patrulla, pasan las noches en su casa, incluso escuchan sus conversaciones.

De hecho, la doctora Moreno advierte que no puede revelar nombres ni dar detalles de los casos que investiga.

Ha sido un día difícil, copia de todos sus días. Se le ve cansada pero es amable. Desde que la prensa ha vuelto sus ojos hacia Áncash, es una de las autoridades más entrevistadas. Sobre su mesa hay una cruz, una Biblia y cuatro celulares. En otra, un monitor de computadora muestra las imágenes que captan las tres cámaras de seguridad instaladas en el edificio.

Tal protección no es una exageración. Desde que juramentó en el cargo, ha sido amenazada de muerte varias veces. Un tanto agotada, dice que esta será su última entrevista. Recordar aquellos episodios la desgastan.

EL MIEDO

La hermana con quien se comunicaba sólo a través de correos electrónicos ha venido a verla desde España. Ha cruzado el Atlántico para advertirle, para repetirle que se cuide y para darle valor. La vida de su hermana menor, una mujer menuda de 53 años, 24 de servicio como fiscal, corre peligro. La pueden matar. Así de crudo. Como las palabras que le dijo una de sus colegas la primera vez que pisó este edificio como flamante fiscal anticorrupción: “No te voy a felicitar, Nancy, porque te van a matar”.

No le decía nada nuevo. La doctora Moreno lo supo y lo sabe: el cargo que tiene es peligroso y son tiempos en los que para escarbar en la corrupción de alcaldes, ex alcaldes y funcionarios del gobierno regional hay que tener mucho coraje y usar chaleco antibalas.

Pero el temor de su hermana no es gratuito. Desde España siguió las innumerables noticias de los crímenes cometidos en la región: asesinatos a quemarropa, de regidores y políticos opositores; amenazas a fiscales, matanza entre sicarios. Naturalmente sintió miedo.

El listado de políticos, fiscales y periodistas amenazados de muerte por denunciar irregularidades en la gestión del presidente regional de Áncash, César Álvarez, es público. Todos lo conocen. Esta nómina fue presentada el año pasado por el congresista de Perú Posible, Modesto Julca, ante el Ministro de Justicia.

Pero a la fiscal nadie le alcanzó ese dato. Fue su hijo, quien al verun reportaje de televisión, la llamó para advertirle que su nombre aparecía primero en la lista negra: Nancy Teresa Moreno Rivera. En segundo lugar figuraba el regidor Ezequiel Nolasco, asesinado hace dos meses.

“¿Será ella la próxima víctima?”. Así es como una columnista se refiere a la fiscal Moreno en un artículo que destaca su coraje.

No es para menos. El clima es tenebroso en Áncash. Los investigados temen. Y al temer, amenazan y matan. Hace doce días asesinaron a uno de los sicarios que habría disparado contra Ezequiel Nolasco. El titular de un diario local dice que otros tres fiscales del Ministerio Público están amenazados. Abajo de ese mismo titular se lee que un desconocido apuntó con un revólver a la gobernadora de la provincia del Santa. El Procurador Anticorrupción de la región también teme por su vida. Usa chaleco antibalas. Así están las cosas.

“Se trabaja con la presión de la muerte”, dijo la fiscal Moreno en su única presentación en el Congreso. El 2013 hubo 88 asesinatos vinculados con la mafia que mueve los hilos de los crímenes en Áncash. Al quinto mes de este año se cuentan 22 muertes más.

Cuando tomó el cargo, la fiscal se encontró con 688 casos de corrupción y lavado de activos, la mayoría vinculados al actual gobierno regional. Al principio se sintió como “la leprosa” –dice– pues descubrió a algunos fiscales “adormecidos” que archivaron un gran porcentaje de los casos.

Ahora le toca remar en contra. Devolver la mística, la pasión por encontrar la verdad a su personal –que es insuficiente, son sólo 9 fiscales– y retomar las investigaciones.

La doctora Moreno dice esto y toca la gruesa carpeta de tres folios que tiene en su mesa.
Malversación de fondos, desfalcos, lavados de activos, enumera los casos que evalúa sin ver nombres.

“Yo no apunto a nadie. No he venido enfocada a investigar a tal persona. Yo sólo hago mi trabajo”, subraya.

Cada caso de corrupción equivale a 20 expedientes de un delito común. Cada expediente tiene más de 5 mil páginas. Cada fiscal se hace cargo de 60 casos.

-“¿Teme por su vida?”, le preguntamos.

– Claro que tengo miedo. Es natural, soy un ser humano. Pero temo más por mi familia. Al fin y al cabo yo ya he vivido, pero mis hijos no.

Sus hijos están estudiando a varios kilómetros de ella, en otra ciudad. Cuando tiene menos carga de trabajo, viaja a verlos.

“¿Para qué van a venir si van a estar encerrados?”, dice resignada.

Aquí, en Chimbote, la fiscal vive con su esposo, quien renunció a su trabajo para venir a protegerla. Hasta antes de su nombramiento como Fiscal Anticorrupción, su familia se estableció por ocho años en Huaraz, donde era fiscal provisional. La respaldaron cuando postuló a su actual cargo. Consideraron que, siendo ella una profesional de carrera, lo natural era que llegara a un puesto de importancia.

Hay más. La fiscal le guarda cierta lealtad a Chimbote, donde estudió la primaria y la secundaria. Además tiene un sentido muy claro del deber. Es la suma de estos factores la que llevó a esta mujer –nacida en un pueblo llamado Pamparomar, en el Callejón de Huaylas– a cumplir con esta riesgosa misión.

“Cuando postulé sabía que iba a enfrentar estas situaciones. Pero es tu país, tienes que trabajar por tu país. ¿Tú no lo harías?”, pregunta.

LAS AMENAZAS

Es el azar, Dios o la suerte lo que la mantiene a salvo.

Fue una mañana, hace casi un año, que su esposo la llamó de la panadería para decirle que Ezequiel Nolasco aparecía en televisión, en una conferencia de prensa, hablando de ella. Denunciaba un mensaje de voz grabado en su celular en que lo amenazaban de muerte a él y le juraban la peor suerte a ella. Su esposo la llamaba para prevenirla. Ella llamó a Nolasco. Era cierto. Un hombre la nombraba: “Deja de estar jodiendo, que vas a morir”, le decía a Nolasco. “De allí vamos a matar a Nancy Moreno”, añadía.

Esa misma noche, el vigilante de su despacho le informó que un hombre intentó dejar una bolsa negra para ella. Nunca se supo qué había dentro del envoltorio. El desconocido se fue con el “encargo”, al igual que aquel otro extraño que un año antes, una noche de julio del 2012, tocó la puerta de su casa.

Se anunció como alguien al que enviaba un juez. Esperaba con las manos metidas en los bolsillos. Así lo encontró el carpintero de la familia que afortunadamente se cruzó con él y que inocentemente lo llenó de preguntas hasta atarantarlo, verlo retroceder y subir a su moto lineal. “Ese hombre no vino por nada bueno, me dijo el carpintero”, cuenta la fiscal.

Moreno era en ese entonces Fiscal Provisional de Chimbote. Ya la intimidaban porque era una de las pocas fiscales que ponía atención a Nolasco.

En total, contando los mensajes de texto y las llamadas telefónicas, fueron ocho las veces que la amenazaron. La fiscal muestra la fotografía de la bala de 9 milímetros que encontraron dentro del sobre manila que un niño dejó para ella en la recepción de su despacho, con un mensaje que decía a secas: “A mí nadie me toca, hija de perra”. Moreno muestra otra foto. Es la corona fúnebre que llegó hasta la fiscalía en vísperas de la Navidad del 2013, mientras cantaba villancicos con el personal. Llevaba sus iniciales.

“Todo estaba armado. Lo que pretenden es trastocarme emocionalmente”, dice.

RUTINA

Durante doce horas la fiscal Moreno ha permanecido en el Ministerio Público de Chimbote. Llegó a las 7.30 de la mañana en el patrullero, seguida por sus custodios que al igual que nosotros esperan inquietos su salida. A las 7 de la noche sube nuevamente en el vehículo que la llevará a otra reunión.
Esta tarde fue nombrada Presidenta de la Comisión de Alto Nivel por la Lucha Contra la Corrupción de Áncash. Es su tercer cargo, también es Presidenta de la Junta de Fiscales del Santa.

Moreno se moviliza por Chimbote como dentro de un túnel. Va de su casa a su despacho en el patrullero y de su despacho no sale salvo cuando tiene audiencias. Almuerza en su oficina y en la noche retorna por donde vino. Ha canjeado su vida social por el deber. Ya no sale a correr como lo solía hacer cada mañana. Acomoda sus horarios para hacer yoga en la sala de su casa. Es una mujer sin ningún afán de figuretismo. Sin quererlo encarna, al igual que Fiorela Nolasco, el destello de valentía de un pueblo que no se resigna a la mafia, a la corrupción y al sicariato. No por nada fue la más aplaudida en la asamblea popular del 7 de abril en la que los ancashinos hicieron catarsis frente al terror que se ha instalado en su región.

“Ella me protegió. Me dio una habitación en su casa y cuando se enteraron de mi paradero me buscó otro lugar donde pudiera dormir”, relata la ex fiscal anticorrupción, Yeni Vilcatoma que investigó el caso de ‘La Centralita’, mientras trabajó en Chimbote. Como su jefa, la doctora Moreno le dio apoyo moral cuando las amenazas terminaron por enfermarla. Hoy, Vilcatoma es Procuradora Adjunta Anticorrupción y trabaja en Lima. Fue cambiada porque su vida corría peligro.

– ¿Y a usted quien la protege, doctora Moreno?

– Dios. Solo Dios.

En otro lado de la ciudad, un grupo de oración se reúne para rezar. Uno de los integrantes de este colectivo, es el fiscal civil Lorenzo Javier, colega de Moreno: “Vivir con zozobra es una tortura. Al menos cuando te envían mensajes de texto te previenen. Es horrible vivir pensando que de aquel carro te van a disparar o que en ese cruce podrás morir”, dice quien también fue víctima de amenazas por investigar a un alcalde de Nuevo Chimbote.

A la casa de la fiscal han llegado grupos de oración de católicos y evangélicos para rezar por ella. Cuando aún podía caminar libre por Chimbote, la gente se le acercaba para saludarla. En el mercado, la felicitaban. Moreno recuerda estas situaciones reconfortantes en medio de tanta tensión.
“Sí. Mi vida ha cambiado pero lo asumo, porque tengo la convicción de que todo va a pasar. Tengo la convicción de que no me van a matar”.

La fiscal es una rehén de su trabajo, es cierto, y desde el episodio de la corona fúnebre no ha recibido otra amenaza. Vive una guerra fría con quienes estén detrás del terror en Áncash. Pero ella espera, y mientras espera, trabaja. Cree que todo terminará. “No me van a matar”, dice. Y luego se despide. Vuelve al trabajo.

Fuente: Diario La República