“Roba pero hace obra”: ¿Por qué los peruanos toleramos la corrupción?

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Foto: Andina

Por Gonzalo Zegarra Mulanovich
16 Septiembre 2014

En el Perú, donde cerca de la mitad de la población no tributa, no debería sorprendernos que la corrupción esté aceptada en el sistema político. Cambiar ello pasa por combatir la informalidad. Gonzalo Zegarra, director de SE, analiza.

41% de los limeños votaría por un candidato que roba siempre y cuando “haga obra”, reveló una reciente encuesta de Datum que ha causado justificada indignación. El problema es que quienes más se indignan son los que propugnan las políticas públicas que más corrupción generan: el estatismo. En efecto, son los intelectuales de izquierda quienes se han constituido –sobre todo desde la caída del régimen fujimorista– en los más enérgicos abanderados de la lucha anticorrupción, algo que puede hablar bien de ellos si son sinceros, pero que sobre todo habla mal de la derecha conservadora (que no tiene empacho en tolerar el robo al contribuyente, pero sí se escandaliza si alguien habla de legalizar la droga o consolidar las libertades sexuales, que no generan daños a terceros).

Pero –sin relativizar un ápice la importancia de los valores morales republicanos que exigen menor tolerancia a la mentira, por ejemplo (SE 1436)–, lo cierto es que las indignadas buenas intenciones izquierdistas de nada sirven si no se esmeran en entender la realidad no diré económica, sino incluso antropológica de este fenómeno y que tiene que ver directamente con el estatismo. No me refiero al hecho obvio de que un Estado más grande, frondoso y burocrático genera muchos más incentivos y oportunidades para la corrupción, porque delega más poder en los funcionarios, y lo descentraliza. Como decía mi maestra de Yale, Susan Rose-Ackermann, sólo la corrupción descentralizada es peor que la centralizada (SE 1221,1260). Eso es Economía Política 101, o el simple sentido común de la frase de Lord Acton: el poder corrompe.

No, la indignación de la que hablamos ya no es sólo por la corrupción misma, sino por la tolerancia del electorado hacia esa corrupción. Es el cinismo extremo, el mal entendido pragmatismo lo que molesta. ¿Qué clase de ciudadanos son éstos que se dejan robar a cambio de que les construyan unas escaleras?, parecen preguntarse los indignados. Pues bien, son simples mortales maximizadores de beneficios, que valoran las obras pero no sufren el robo, porque no es a ellos a quienes les roban, ni directa ni indirectamente.

En efecto, lo que olvidan todos en el análisis político y moral peruano es una pequeña variable llamada informalidad, que en nuestro país alcanza niveles monstruosos. Por tanto, hay un montón de gente que no paga impuestos y/o contribuciones (el porcentaje varía según la naturaleza de los tributos, pero en general oscila entre 50% y 70%). O sea, si entre 30% y 50% no pagan impuestos, ¿por qué nos sorprende que 41% tolere la corrupción, si la plata robada al Estado no fue tributada por ellos?

Y es que “cuando pocos pagan impuestos, como en las economías informales, el saqueo del Estado es un robo a unos pocos contribuyentes, no a la mayoría de ciudadanos, y eso la hace mayoritariamente tolerable” (SE 1325). Ahora bien, la principal (no única) causa de la informalidad es el burocratismo, la tramitología, el Estado elefantiásico. El estatismo, en fin. Si se quiere menos corrupción, en democracia, es indispensable reducir la tolerancia a la corrupción. Y para ello hay que reducir la informalidad, lo que a su vez requiere menos intervención estatal. O sea, regulaciones laborales y tributarias más racionales por lo pronto (SE 1217, 1433).

Fuente: SEMANAeconómica.com